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El cine Llorens y el edificio Coliseo: Dos joyas recuperables

27/05/2009



[Ver Archivo Asociado]

I.- LA HISTORIA DE LAS SALAS CINEMATOGRÁFICAS EN SEVILLA Y EL CINE LLORENS.

“Cinematógrafo Lumière. Todos los días, de dos a siete de la tarde y de ocho a doce de la noche, sesiones cada media hora. Así rezaba un cartel en el Salón Suizo de la calle Sierpes, 27-29, en 1896. La primera proyección tuvo lugar un 16 de septiembre y se llamaba El regador regado, una sucesión de imágenes en movimiento, entre otras las de unos obreros que salían de una fábrica y de la llegada de un tren correo. Estas imágenes en movimiento impresionaban a los espectadores, para quienes resultaba insólito ver cómo se les venía encima una máquina. Cuentan las crónicas de la época que los sevillanos salían de la sala dando bandazos. Curiosamente los hermanos Lumière, un año más tarde, firmaron su película 158, Espagne: courses de taureaux I, en la que unos jóvenes daban pases de pecho a vaquillas practicando las suertes del toreo primitivo.  
En 1905 Antonio de la Rosa instala un cinematógrafo en un barracón del Prado de San Sebastián, con tal éxito que se trasladaría a un local de la calle Azofaifo y luego al edificio Cristina.
El 25 de noviembre de 1906, como remodelación del antiguo Café Suizo y tras denominarse durante un tiempo Palacio Edén, nace una de las primeras salas cinematográficas sevillanas: el Salón Imperial. Por esas fechas, el polifacético Vicente Llorens había alquilado un local vecino en la calle Sierpes para crear el primer cine estable. Ese sería el cine Llorens.
 
       
 
A partir de 1906, comienzan a cobrar auge los cines de verano: Salón Victoria, Salón Gaumont, Cine Plaza Nueva y Cine Alameda. El cine pasó a formar parte habitual de las representaciones ofrecidas en antiguos teatros como el San Fernando, Cervantes y Duque. En 1925, José García y el concesionario de Pathé inauguran el Pathé Cinema, en un edificio modernista de Juan Talavera, que acogió a la élite sevillana de los años veinte y treinta. Otras salas eran más populares, como los cines Florida e Ideal.
Llorens fue uno de los principales empresarios sevillanos dedicados al cine. Entre 1918 y 1930 mantuvo cuatro establecimientos: el propio Llorens, el Imperial, que también estaba en la calle Sierpes, el San Fernando, localizado en la calle Tetuán, en el solar actualmente ocupado por unos almacenes textiles, y el Cervantes, el último superviviente de aquellas grandes salas de nuestro casco antiguo. De hecho, en 1924 Llorens explotaba todos los cines de verano.
 
                          
                                                                    El público abarrota el cine Llorens.
 
El espaldarazo que inclinó el favor del gran público hacia el cine, en detrimento del teatro, fue el cine sonoro. La primera película sonora en Sevilla fue proyectada en el cine Llorens, el 9 de enero de 1930, hecho que produjo un gran impacto en la ciudad, comparable a la implantación de la radio.
También en el Llorens y en 1924, cuando todavía era usado esporádicamente como teatro, fue presentada la Orquesta Bética, fundada por Manuel de Falla, Eduardo Torres y Segismundo Romero, en cuya dirección tantos éxitos conseguiría Ernesto Halffter.
 
Posiblemente debido a su origen, el edificio del cine LLorens tuvo una fachada nada espectacular, la de una casa con balconada perfectamente mimetizada con su entorno, de color blanco con recercados en tonalidad albero, como otras muchas en Sevilla. Los valores que diferenciaron al edificio los encontraba el visitante a partir del atrio de entrada y, sobre todo, en su interior. Proyectado en estilo neomudéjar por el arquitecto sevillano José Espiau y Muñoz (Hotel Alfonso XIII, Ciudad de Londres, etc.), en el diseño y construcción de la sala se hizo alarde de todas las habilidades decorativas de que gozaron nuestros maestros regionalistas: suntuosos artesonados, arcos, paños de azulejos, forja, yeserías trabajadas bajo cánones mudéjares, etc, que confirieron y confieren a la sala un carácter único, representativo de una época. El edificio sería reformado y ampliado en 1924.
 
                                       
 
 
                                                      Fachada del cine LLorens en la actualidad.
 
 
 
 
Situación actual del cine Llorens y su posible uso.
 
Quien actualmente visita el edificio del cine Llorens no se explica fácilmente cómo en una ciudad de Europa occidental, capital de un área metropolitana de un millón y medio de habitantes, puede ocurrir algo más propio de un país subdesarrollado.
 
El cine está ahí: está el bellísimo artesonado, los paños de azulejos, las yeserías, toda la decoración neomudéjar que proyectó Espiau, pero… dedicado a un salón recreativo: lo que fue patio de butacas, hoy es una sala ocupada por máquinas tragaperras.
 
No hay nada que reprochar al empresario, quien legítimamente promovió un establecimiento, pero sí hay que reprochar mucho al Ayuntamiento de Sevilla y a la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía, quienes han consentido que la situación llegue a este extremo.
 
Afortunadamente, el cine es perfectamente recuperable, pues por conservarse se conserva hasta el espacio de la pantalla, con su peculiar arco, el anfiteatro, su artesonado y su azulejería. Eso hay que agradecérselo al nivel de protección urbanística y, sobre todo, a su propietario.
 
Desde la asociación Velázquez por Sevilla se sostiene la necesidad de recuperar el edificio para cine por parte de las Administraciones públicas, un cine público que podría ser espacio para la proyección del cine independiente, ese que no circula por los mecanismos de distribución que literalmente tiranizan la programación de las salas comerciales. Sería un equipamiento público para el cine en Sevilla, adecuado para cine forum, cine club, cinemateca, biblioteca especializada, escuelas taller de cine, etc., que podría generar su propia Asociación de Amigos del Cine en Sevilla. Evidentemente sería necesaria una inversión inicial que, bien gestionada, sería mucho más rentable –en términos de servicio público- que muchos equipamientos culturales en los que la Consejería de Cultura ha gastado nuestro dinero.
       
 
II.-    EL COLISEO ESPAÑA.
 
La historia del Coliseo España se resume en el trasiego que puede transcurrir desde la monumentalidad al desprecio.
 
Con la prosperidad económica de los años veinte y la proximidad de la Exposición Iberoamericana, surgen en Sevilla equipamientos públicos (zonas verdes, plazas, estaciones e infraestructuras de transportes)  y prosperan cines y teatros.
 
El Coliseo España fue proyectado sobre una parcela de 1360 m2, inicialmente pensado para ser destinado a cine. Junto a la Puerta de Jerez, el hotel Alfonso XIII y el Cristina, formaba parte de un proyecto de mayor calado, consistente en crear un nuevo centro en Sevilla, con hoteles, atracciones y lugares de esparcimiento como los Jardines de la Eslava, reordenados en 1925.
 
                   
 
           
Tal como expone Movellán, su promotor, Ildefonso Marañón, hombre de carácter abierto, encargó el edificio a los hermanos Aurelio y José Gómez Millán, a quienes dio plena libertad creativa, repartiéndose sus cometidos: José, la parte técnica (dotó al edificio de las instalaciones más modernas de la época: iluminación, ventilación, calefacción de agua caliente, conexión con el riego público...), y Aurelio «las líneas fundamentales de la fachada y su textura física». Durante aproximadamente cinco años, de 1924 a 1930, hubo tiempo para que entre todo el equipo de artistas tallaran y vistieran sus muros con el máximo detalle.
 
Originariamente se denominó cine Reina Mercedes, pero meses antes de la exposición ya se le conocía como cine Reina Victoria. Finalmente se inauguró en diciembre de 1931, ya en la República, como Coliseo España, con la proyección de la película “Al este de Borneo”. Su coste fue de dos millones de pesetas.
 
Pensado, pues, como cine, se convirtió en teatro, lo que exigió reducir su aforo, y ampliar el escenario, al que siempre le faltó profundidad.
Se distribuyó en tres alturas más sótano. Se le añadieron dos vestíbulos, uno que aún se conserva y otro que se destruyó durante los años cincuenta, para dar paso a un nuevo edificio. El patio de butacas disponía de 1054 asientos, el primer anfiteatro de 540 localidades, mientras el segundo anfiteatro tenía 921. En total, 2765 espectadores, reducidos a 2100 tras la reforma del escenario.
 
La estructura del edificio estaba realizada a base de hierro, cemento y hormigón armado, en tanto que los muros exteriores se construyeron en ladrillo tallado. El edificio contaba con todas las medidas antiincendio: materiales incombustibles, mangueras, depósitos de agua, o aislamiento del material eléctrico. Se instaló un novedoso sistema de renovación de aire en todo el edificio, así como un sistema de calefacción por agua. Además, se abrieron ventanas al pasaje Maese Rodrigo, que tenían como misión la ventilación del edificio.
 
Las fachadas principales son de ladrillo tallado con un primor propio de un material más noble, acompañado de cerámica vidriada, hierro forjado, madera y mármol. Esta exquisita combinación convierte al Coliseo España de una obra representativa del estilo sevillano. Son múltiples los elementos artísticos: paños de azulejos a modo de tapices, las marquesinas con sus tornapuntas de hierro, recordando al Art Nouveau, miradores, originariamente de cierro acristalado, donde destacan sus techos de madera tallada, etc.
 
Para tan exuberante fachada se contó con acreditados artistas sevillanos de la época: en la talla del ladrillo participaron Eduardo Muñoz y los hermanos Toro, también fueron los autores de los medallones representativos de Wagner, Beethoven y faunos; para salón de honor Delgado Brakembury talló un busto de la reina Victoria, que desapareció en un incendio; el ceramista Emilio García realizo los barros cocidos de los frisos y remates de los torreones y hoy desaparecidos; Enrique Orce, se encargó de los doce paños exteriores así como de la decoración interior. Doblas Gavira ejecutó la forja y Juan Antonio Cabrera, maestro carpintero, se ocupó de la decoración en madera incluyendo el artesonado de los miradores.
 
                      
 
                                                   Obsérvese la talla del ladrillo.
 
Afortunadamente aunque el interior desapareció, el diseño exterior se mantuvo. Se mantuvieron las terrazas, hoy ya sin uso, los miradores, que señalaban los huecos de las escaleras, o los salones de descanso que se pueden diferenciar en la fachada de la Avenida de la Constitución, por la separación que existe entre ambos y su característica decoración con paños de azulejos. El pasaje Maese Rodrigo, era particular, a pesar de estar hoy abierto, se mantuvo como fachada posterior.
 
 
                                        
 
                                                
  
Ese “fachadismo”, en ocasiones reprochado a nuestra escuela regionalista de arquitectura, alcanzaba por tanto en el caso del Coliseo una suntuosidad que anunciaba la fastuosidad que encerraba en su interior, descrita por María del Valle Gómez de Terreros: “D. Ildefonso, vistas las fachadas, quiso que la joya fuese digna del estuche y Aurelio Gómez Millán se propuso conseguirlo a base de yeserías, mármoles de colores, maderas talladas, frescos, etc. Por el vestíbulo, decorado con yeserías, tableros de caoba y pavimentos de mármol rojo y blanco, se accedía a las escaleras de mármol de Buixcarró rosa y crema y antepecho de hierro forjado. El entresuelo, con zócalo de azulejos especiales de reflejo oro y techo con casetones de yeserías, daba paso al segundo tramo de escaleras, de mármol blanco”.
 
                                                         
 
 
Fue el propio Aurelio Millán quien diseñó el interior, rico en mármoles, yeserias, paneles de caoba, frescos. El vestíbulo principal estaba decorado con mármol rojo y blanco, yeserías y caoba; la escalera de mármol rosa de Buixcarró y baranda de hierro forjado eran una pieza única. El llamado salón de honor, el que correspondía a la balconera que da hacia Adolfo Rodríguez Jurado, estaba decorado con frescos en tres de sus frentes que realizó el pintor Francisco Hohenleiter, sobre zócalos de mármol verde de Italia, inspirados en "Los Intereses Creados", de Jacinto Benavente,"El Retablo de Maese Pedro" y "El Quijote". Al mirador se accedía a través de cinco arcos de ladrillo tallado, adornado con vidrieras artísticas. El techo del salón de representaciones adornaba sus vigas y fondos con yeserias, los pavimentos de mármol de Macael de color rojo y blanco.
 
La sala de representaciones tenia un zócalo de madera decorado con molduras de oro fino. El telón de damasco rojo diseñado por Ignacio Gómez Millán (hermano de los arquitectos autores del proyecto) y bordado en los talleres de Esperanza Elena Caro. En la sala convivían los frisos de barro cocido de Emilio García, el terciopelo y, en general, una rica ornamentación que, de la mano del diseñador Manuel de la Cuesta y Ramos, armonizaba el neobarroco con la estética Art Decó.
 
En el centro de la sala había un rosetón de ocho metros de diámetro que recogía la monumental araña de bronce y cristal, con sus ciento ochenta puntos de luz, de seis metros de altura y cuatro de diámetro, que costó la friolera de 35.000 pesetas, toda una fortuna en la época.
 
                              
                                         Lámpara del Coliseo España, actualmente en el teatro Lope de Vega.
 
La triste historia del Coliseo España.
 
El Coliseo España fue local de moda en la Sevilla de posguerra. En él se dice que debutó Concha Piquer en Sevilla. Sin embargo, nunca terminó de encajar y consolidarse entre el público sevillano, tal vez marcado por esa indefinición inicial entre cine y teatro.
 
El promotor del Coliseo España, Idelfonso Marañon y Levin, ante los decepcionantes resultados económicos de la inversión, lo vendió a la empresa "Previsión Española", quien lo mantuvo como cine.
De ahí pasó a ser propiedad del entonces Banco de Vizcaya, con quien llegaron los problemas. El Banco de Vizcaya decidió demolerlo en 1969, época de grandes perdidas, como el Café Paris o el Palacio de los Sanchez Dalp. Recuerda María del Valle Gómez de Terreros, en su libro «Aurelio Gómez Millán», que la primera voz que se alzó en la prensa sevillana a favor de la conservación del edificio tras conocerse el proyecto de demolición. Fue un catalán, Juan Bassegoda Nonell, numerario de la Escuela Técnica Superior de Arquitectura y académico de la Real de Bellas Artes de San Jorge, de Barcelona, y lo hizo en las páginas de ABC de Sevilla, el 29 de marzo de 1969: «Bueno es que las ciudades crezcan -decía-, pero entiendo que no es crecer edificar previo derribo de una noble y hermosa construcción. Si en algo puede influir mi modesto pero firme voto, vaya éste por delante con mi oposición más cerrada a tan absurdo proyecto de derribo».
Ello encendió la mecha de una polémica que alcanzó su cenit en 1970, cuando surgió un movimiento popular contra la demolición de "El Coliseo". El Alcalde de Sevilla de la época, Juan Fernández, declaró que el edificio no se demolería mientras él ocupara el cargo. Luchó por la obra de los hermanos Gómez Millán y consiguió su declaración como Monumento Histórico Artístico de interés local, siendo Florentino Pérez Embid director general de Bellas Artes (4 de marzo de 1971).
A pesar de todo, su interior se vació. Sólo quedo el armazón y en 1975, los arquitectos Gómez Estern y Chapa y Galindo acometieron el vaciado y la redistribución del edificio. Del vaciado se salvaron algunos elementos como los frescos de Francisco Hohenleiter o la araña hoy en el Lope de Vega. "El Coliseo", ha sufrido un daño irreparable.
 
Tras su venta en 2002 y posterior restauración sigue usándose como oficinas, esta vez de la Junta de Andalucía.
Como ya han destacado voces acreditadas como la de Pablo Ferrand (diario ABC), el caso del Coliseo España “ponía en evidencia, una vez más, el incumplimiento de la normativa, una constante en esta ciudad desde su declaración como conjunto histórico-artístico en 1964 hasta hoy mismo. El hecho recuerda demasiado al de la antigua Universidad Literaria, declarada monumento nacional en 1969 y arrasada años después para su conversión en Facultad de Bellas Artes. Todavía es posible, si se aprovecha la oportunidad, recuperar la sala por la que pasaron Miguel Fleta, Arturo Rubinstein y otros muchos intérpretes de relevancia internacional.”


La aspiración de los sevillanos de recuperar el Coliseo España
 
Cuando en 1994 se confirmó el rumor de que el BBVA ponía a la venta su sede en la avenida de la Constitución, es decir, el edificio del antiguo Coliseo España, J.J. León publicó un artículo en ABC, el 11 de octubre de 1994, en el que se decía que Sevilla tenía una ocasión histórica para recuperar el Coliseo España y que, siendo factible su reconstrucción interior total o parcialmente, podría ser la sede que la Orquesta Sinfónica de Sevilla necesita para sus ensayos.

           La misiva prendió y hubo numerosos sevillanos que se interesaron por la idea, entre ellos, Luisa del Carmen Abad Romero, hija del ebanista y tramoyista,  Santiago Abad, que trabajó en la construcción del edificio. De la misma opinión era Fernando Martín Fernández, que secundó la iniciativa.  La idea de su recuperación no es descabellada, si se tiene en cuenta que otras salas europeas -El Liceo de Barcelona, El Globo de Londres, La Fenice de Venecia o el teatro de Dresde- se han reconstruido con bastante fidelidad en sus zonas más significativas. En Sevilla jugamos con ventaja y tanto la sala principal como la escalera, el vestíbulo y el mirador del salón de honor podrían reconstruirse con rigor. No sólo existen los planos originales, sino también una parte sustancial de la decoración: la lámpara, hoy en el Lope de Vega, los murales de Hohenleiter que salvó el profesor Francisco Arquillo y los azulejos de Enrique Orce, clasificados por el ceramista Alfonso Orce y el arquitecto Francisco González de Canales.
 
                            
 
  
Una propuesta para el futuro del Coliseo España: la primera subsede territorial del Centro Dramático Nacional
 
En Velázquez por Sevilla pensamos que, tarde o temprano, se impondrá la razón y la decencia, y el Coliseo será el tercer gran centro teatral en Sevilla, junto al Teatro Lope de Vega y el Teatro Central. Sevilla, perdida en una galopante inculturización de su juventud, necesita cultura.
 
 
Por su historia, por la entidad del edificio y por su privilegiada localización en un espacio central de la ciudad, en plena avenida de la Constitución, en un lugar accesible y bien comunicado con el área metropolitana (cercanía con el metro, avenidas y otros medios de transporte) el futuro Teatro Coliseo España sería sinónimo de éxito.
 
En esta línea, si la intención del Ministerio de Cultura es “sacar” a sus compañías nacionales por España, incrementar su presencia territorial, el Teatro Coliseo representa una excelente oportunidad para ser la primera subsede territorial del Centro Dramático Nacional, cuyas sedes estables únicamente se encuentran en Madrid en el momento presente.
 
Esta inversión, que nos parece más lógica que los enormes gastos que exigiría un Centro Dramático Andaluz, en cuanto aprovecha recursos ya invertidos por el Ministerio de Cultura, obviamente debería instrumentalizarse a través de un mecanismo de cofinanciación e institucional semejante al del Teatro de la Maestranza.
 
La propiedad del edificio por parte de la Junta de Andalucía viabiliza esta idea, que generaría múltiples beneficios para la ciudad de Sevilla, amén del de la recuperación patrimonial.
 
-Incrementaría notablemente el nivel teatral y cultural de la ciudad, al potenciar muchísimo una oferta actualmente muy reducida, sin perjuicio del loable esfuerzo que vienen desarrollando compañías estables como La Imperdible.
-Establecería una base potente para que, a partir de ella, el teatro de primer nivel estuviera presente en el sur de España de manera permanente.
-Potenciaría la oferta cultural de la ciudad de cara al turismo.    
 

Hoy el Coliseo España es una asignatura pendiente de los ciudadanos. Ojalá que mañana, merced a la iniciativa social, sea una asignatura pendiente sobre la mesa de los políticos.


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