CONOCE TU CULTURA / Patrimonio Urbanístico / Artículos La formación de la Sevilla comtemporánea y la destrucción del legado urbanístico

Artículos

La formación de la Sevilla comtemporánea y la destrucción del legado urbanístico

27/05/2009



[Ver Archivo Asociado]

 

El siglo XIX: introducción.

         Sevilla asistirá, en el siglo XIX, al paso de una ciudad que todavía conservaba trazas bajomedievales, fuertemente alteradas por la ciudad renacentista y el barroco, a una ciudad que se abre al exterior, tras la supresión de la barrera defensiva que era la muralla.  

             La política urbanística de José I, influenciada por el Plan de Reformas de París del Conde de Waylly, pretendía, como ya quedó reflejado en Madrid, la creación de espaciosas avenidas enlazadas por plazas monumentales donde las grandes perspectivas asumían el protagonismo. En Sevilla no sabemos cual hubiera sido el alcance de tal política, pero los derribos de los conventos de la Encarnación (y de dos grandes casas-palacio como han demostrado las recientes excavaciones) y de San Francisco, y de las iglesias de la Magdalena y de Santa Cruz, obedecían a esa idea. A todo ello habría que añadir el grave deterioro de los numerosos conventos que sufrieron el acuartelamiento de las tropas francesas.

             La idea de la apertura de plazas continuará durante la primera mitad del siglo XIX, unas veces mediante el ensanche de la confluencia de varias calles, pero otras mediante el derribo de una manzana de casas o de un edificio afectado por la desamortización de 1835. En este último grupo encontraríamos la plaza del Museo, tras el derribo parcial del convento de la Merced, la plaza de Cristo de Burgos, tras el derribo de la antigua fábrica de tabacos, la plaza Virgen de los Reyes tras el derribo de los últimos restos del Corral de los Olmos, la plaza de la Alfalfa tras el derribo de la Carnicería Mayor, a las que habría que añadir la terminación de la Plaza Nueva con el derribo del convento de San Buenaventura.

             Como veremos a continuación, comenzarán a derribarse las puertas y murallas, obstáculo para el crecimiento de la ciudad según la idea que se iba imponiendo. El derribo comenzó por las puertas de la Barqueta, San Juan, Real y la mayor parte de los lienzos que las unían, debido a la implantación del ferrocarril, y siguió por las de la Carne, Arenal, Jerez, más el postigo del Carbón y algunos lienzos significativos como el de la calle San Fernando.

             De 1862 es el Plan de ensanche parcial que afecta a la Huerta del Retiro (arquitectos García Pérez y Marrón Barrera).

                        

                                                                  Derribo del convento de San Francisco.

La Revolución de 1868

             El curso de los acontecimientos políticos del siglo XIX cambia de manera brusca en 1868. Este año en sí no va a afectar a la teoría arquitectónica, pero las actuaciones en la ciudad serán definitivas y de ahí su relevancia. La transformación urbana a partir de ahora será más rápida e incisiva a consecuencia de nuevos planteamientos políticos, cambios sociales y nuevas necesidades materiales, que irán desde los planteamientos higienistas, de instrucción y filantrópicos hasta los de crecimiento demográfico e industrial. Estas transformaciones ya se habían iniciado en el período isabelino, aunque dentro de un marco político muy distinto. Será a partir del 68 cuando las primeras acciones revolucionarias plantearán la ruptura: la exaltación producida por la represión dará lugar a actuaciones sin meditar, muy cargadas de simbolismo, lo que produciría equivocaciones irreparables, pero que también sentarían inequívocas bases para futuras transformaciones paulatinas.
 
            Estás actuaciones tendrán un paralelismo como se ha dicho con las de Madrid, que, aunque a otra escala, marcarán las pautas a seguir. Pero mientras que en Sevilla se interviene con improvisación, atendiendo sólo a las necesidades de determinados sectores, en Madrid o en Barcelona, e incluso en ciudades menos relevantes como Bilbao o San Sebastián, ya existían planteamientos serios sobre lo que podría ser un plan de reformas de estas ciudades. Aquí faltó alguien con ideas que, con un estudio serio, canalizara las necesidades urbanas y generales. En cambio, el nuevo Ayuntamiento inmediatamente comenzó con los derribos y subastas sin planteamientos sustitutorios. En los primeros momentos postrrevolucionarios se derribó casi todo el cinturón de murallas, y el urbanismo de lo que resta de siglo se caracterizará por el relleno de los espacios derribados para formar la ronda de circunvalación y por la conversión en espacios urbanos de los solares de algunos conventos vendidos a particulares por los Bienes Nacionales. Lo demás fueron una multitud de actuaciones parciales, alineaciones de calles, que apenas ganaron suelo para uso público.
 
            No es riguroso enjuiciar aquellas actuaciones, constitutivas de un crimen social a los ojos de un hombre de nuestro tiempo, desde nuestra perspectiva. Al margen de los intereses económicos particulares, existentes entonces como en todas las épocas y por supuesto condenables en cuanto influenciaron en al política municipal, se ha de hacer un esfuerzo por viajar en el tiempo y ver aquella ciudad sucia, insalubre, llena de hedores nauseabundos: orines, humedad… Para muchos, era una necesidad “airear” aquella ciudad vieja, de callejas angostas e incómodas, enclaustrada en unas murallas que obstaculizaban el progreso a los ojos de un hombre de la segunda mitad del siglo XIX.
 
            El derribo de las puertas de la ciudad fue uno de los primeros objetivos del Ayuntamiento constituido tras la revolución de 1868, a pesar de la fuerte oposición por parte de organismos oficiales e instituciones que anteriormente había existido. Ahora existía el vacío administrativo e institucional necesario para ejecutar los derribos. Amparándose en la abolición de “la odiosa contribución de puertas y consumos”, pero, realmente, obedeciendo a un programa político que buscaba congraciarse con la clase burguesa y mercantil que poseía intereses materiales en el asunto, comenzaron inmediatamente los derribos en tiempo récord: si el nuevo cabildo se constituyó el 20 de septiembre, el 21 y el 22 ya se habían decretado los derribos de las puertas de Triana, San Fernando, Osario y Carmona, fijándose un plazo de estricto de 50 días para terminar los trabajos. Así, en un plazo aproximado de 60 días, se llegaron a derribar, acarrear y distribuir más de 3.000 m3 de materiales. El tramo de murallas desde la puerta del Sol a la de Córdoba, ya había comenzado su derribo en 1867 debido a la incuria municipal y la rapiña de los particulares, a pesar de que era uno de los tramos protegidos tanto por la Comisión de Monumentos como por la de Bellas Artes. La revolución de 1868 no hizo más que acelerar este proceso, aunque finalmente, y ante los hechos consumados de la pérdida de gran parte de murallas y torres y de la misma puerta del Sol (ya derribada en 1871), se consiguió salvar el tramo entre las puertas de la Macarena y de Córdoba.
 
            En realidad, el alcalde García de Vinuesa se limitó a derribar casas y ampliar calles según necesidades más o menos coyunturales.
 
                                          
                                                                                     Puerta de Goles.
 
            Aunque el derribo de puertas y murallas había comenzado antes del 68, fue a partir de esta fecha cuando se precipitaron los hechos. A juicio de J.M. Suárez Garmendia, entre las causas encontramos: el cambio operado en la sociedad, las necesidades burguesas de invertir, el fomento público del sector de la construcción para evitar el paro, la idea de ciudad basada en los ensanches de Madrid, Barcelona y Valencia, la eliminación del simbolismo represivo de las murallas, la revalorización de los terrenos extramuros, la debilidad de los organismos encargados de la protección, la falta de alternativas claras y criterio erróneo a la hora de valorar lo que se derribaba. Un factor como el crecimiento demográfico que se esgrimió con frecuencia para justificar derribos y ensanches en algunas poblaciones, parece que en el caso de Sevilla no es totalmente exacto: la demanda de vivienda existía, al igual que el hacinamiento, pero, igualmente, existía un mal aprovechamiento de la superficie intramuros y una mala distribución de esa superficie para viviendas.
 
            En cualquier caso, el derribo de las murallas, fue el desencadenante del urbanismo de Levante de la ciudad, es decir, la futura Ronda, a la manera que la implantación del ferrocarril ya lo había sido por el lado de Poniente antes de 1868. De esta manera, se irían ordenando progresivamente las afueras de la Puerta Osario, los terrenos comprendidos entre la Puerta Carmona y de la Carne, el sector de Arrebolera (María Auxiliadora), la Resolana de la Macarena, y, de una manera más tangencial, la calle Industria (Menéndez Pelayo) y la avenida de María Luisa. 
 
            Sin embargo, en Sevilla, los objetivos demoledores no finalizaron en las murallas. José María Tassara y González enumera los inmuebles que fueron incautados por la Junta Revolucionaria: San Miguel, Santa Lucía, El Carmen, Oratorio de San Felipe, Los Descalzos, Regina Angelorum, Los Remedios, San Basilio, Las Dueñas, Iglesia de Pasión, Las Mínimas de la calle Sierpes, La Asunción, La Concepción en San Juan de la Palma, Belén, Capilla de la Encarnación, Capilla de las Tres Caídas y el monumento de la Santísima Trinidad en las afueras de la Puerta de Triana. Todos estos edificios, singulares en mayor o menor grado, serían inmediatamente enajenados y vendidos, perdiendo su carácter, o aún peor, derribados parcial o totalmente, como el sangrante caso de San Miguel. Pero aún serían incautados un mayor numero de edificios, en torno a la cincuentena, que a pesar de ello consiguieron salvarse de uno u otro modo, y entre los que podríamos destacar, sólo como muestra, gran parte de las parroquias mudéjares de la ciudad, como Santa Catalina, Omnium Sanctorum, Santa Marina, San Andrés, San Marcos y San Esteban; iglesias conventuales como San Luis, San Buenaventura, La Trinidad, Santas Justa y Rufina, San Benito, San Francisco de Paula y el Buen Suceso; conventos como Madre de Dios, San Leandro, Santa María de los Reyes, Santa Isabel, La Paz, Santa Inés y Santa Ana; e innumerables capillas como la de los Servitas, la del Museo, Molviedro, el Carmen del Salvador, San Hermenegildo, etc.
  

                                     

                                                                                            San Pablo.

 Estos edificios sufrieron además graves pérdidas en su patrimonio mueble, confiscado en la mayoría de los casos sin previo inventario, y todo ello, a pesar de haberse nombrado una comisión de la Academia de Bella Artes para destinar lo más valioso al Museo, comisión que, curiosamente, también podría haberse nombrado para evitar el derribo de los edificios. Hay que señalar que, desde los primeros días, la Comisión de Monumentos Históricos y Artísticos reclamó a la Junta Revolucionaria el derecho a intervenir en los derribos mediante informe inmediato, derecho que fue reconocido y trasladado al Cabildo, quien, realmente, nunca lo hizo efectivo. El presbítero Fº Mateos Gago, miembro de la Comisión, al igual que Demetrio de los Ríos, ya señalaba en noviembre de 1868, cuando aún se perpetraban los derribos, tres de sus causas principales: 1º) los acuerdos "tranquilos y solemnes" tomados por la autoridad sin ningún tipo de asesoramiento; 2º) la precipitación con que fueron ejecutados los mismos; 3º) la pasividad de la opinión pública, en concreto de la prensa. Por otra parte, insistiendo en la poca preparación de la clase dirigente que se había alzado al poder, el mismo Mateos Gago ponía de manifiesto el ambiente de generalizada ilegalidad en el que se produjeron todos los hechos, destacando que los acuerdos municipales relativos a ensanches y alineaciones de viario, derribo de edificios, etc. nunca habían sido ejecutivos en España sin un expediente de necesidad y utilidad, sobre el que recayeran dos Reales Órdenes, conforme a la legislación vigente, y la aprobación de la Diputación Provincial y del Gobernador Civil, según la Ley Municipal que acababa de ser promulgada.

 
            De 1869 es el Proyecto de Rectificación de Calles, Apertura de una Nueva y Ensanche de Población para esta Heroica Ciudad de Sevilla, de Aurelio Álvarez y Juan Francisco de Paula Álvarez, donde ya se hablaba de la vivienda moderna, y se contemplaban en su memoria la canalización de agua potable, el alcantarillado, la anchura de las calles en relación con la altura de la edificación (algo conocido en el París de Houssman), alturas máximas de las edificaciones (18 metros), calles principales y secundarias, azoteas planas en línea horizontal sin áticos. En suma, el plan está dominado por el concepto de barriada moderna y la intención de derribar las murallas.
 
            Sin embargo, el proyecto de 1869 no es ejecutado, al regresar los Montpensier al poder en 1871.
 
            En 1875 se aprueba el Proyecto para hacer una barriada para pobres en las afueras de la ciudad, entre las puertas de la Macarena y la Barqueta. 
 
            Será en 1895, en una ciudad que tenía en la insalubridad un problema gravísimo, cuando se dicte el Proyecto General de Reformas de Sevilla, de J. Sáez López, que plantea una serie de reformas en el casco, particularmente la apertura de nuevas vías. El proyecto, encargado por el Ayuntamiento de Sevilla en 1893 a varios arquitectos, entre ellos el propio J. Sáez López, pretendía dotar a la ciudad de determinados edificios públicos, como escuelas, matadero, cárcel, mercado, palacio de justicia, fuentes, etc. Preveía reformas interiores que serían acometidas durante el primer tercio del siglo. A este proyecto se deben los ensanches de las calles Velázquez y San Fernando.  

                       

                            La Campana, antes de las operaciones de ensanche de principios del siglo XX.

Las primeras décadas del siglo XX: Exposición Ibero-Americana, las reformas conexas y el crecimiento de Sevilla.
 
El siglo comienza con una sucesión de planes de ensanche inejecutados, más o menos realistas, pudiendo destacar el Proyecto de Ensanche y Urbanización de la Palmera, de Ricardo Velázquez (1902) y el Anteproyecto de Reforma Interior y Ensanche, de Aníbal González (1903), que preveía la expansión de la ciudad hacia el Este, hacia el arroyo del Tamarguillo.
           
            En 1910 se acomete el derribo de los Caños de Carmona y al año siguiente comienza el ensanche de la Campana y Génova. Se pierden edificios de los siglos XVIII y XIX, aunque en su lugar aparecerán algunas valiosas piezas del Modernismo y Regionalismo, muchas de ellas destruidas a su vez a lo largo del siglo XX.
 
Será la llegada de los liberales al poder municipal en 1909, bajo el mandato de Montes Sierra, un hecho clave para el urbanismo sevillano de principios de siglo.
 
                         
                                                        Acueducto de las Madejas. Caños de Carmona.
  
La triada Rodríguez Caso-Halcón-Alfonso XIII, con Canalejas como intermediario gubernativo, patrocina la idea de la exposición desde 1910, cuyas repercusiones urbanísticas no se limitaron al recinto de la exposición. El proyecto de la exposición de Aníbal González fue aprobado en 1911 pero hasta que no se remata el definitivo en 1925 no se empiezan a construir los pabellones, el parque de atracciones en la Glorieta de los Conquistadores y un tren en miniatura. Será en 1923-1924 cuando aquélla vivirá el impulso necesario con la creación de la Comisión Permanente encargada de proyectos, concursos, adjudicaciones y seguimientos, integrada, junto a la Internacional de Barcelona, en una única Exposición General Española. Tras la visita de Primo de Rivera en noviembre de 1925 el comisario regio Colombí (1922-25) será sustituido por José Cruz Conde, quien a final de año concluye la Plaza de América y sustituye al arquitecto Aníbal González por el ingeniero Eduardo Carvajal y su ayudante Aurelio Gómez Millán. A ritmo vertiginoso se edifica el Hotel Cristina, el America-Palace, los hotelitos del Guadalquivir (Heliópolis), y el 28 de abril se inaugura el Hotel Alfonso XIII por el propio rey, quien visita las obras dos veces en 1927 (en abril junto al príncipe de Gales) y tres en 1928 (enero, abril-mayo y diciembre). Se terminan los pabellones de Bellas Artes, Mudéjar y Real, en la plaza de América. El 13 de enero de 1927 se aprueba el proyecto de Vicente Traver para el pabellón de Sevilla (Casino de la Exposición). Apresuradamente se plantan árboles en 58 calles y se cierran los solares no edificados. Aun así hubo que retrasar la fecha del certamen del 12 de octubre de 1928 al 15 de marzo de 1929 y luego otra vez al 9 de mayo a causa del luto por la reina Cristina, quedando así solapado al certamen de Barcelona.
 
                              
                                                   Plano definitivo de la Exposición de 1929. Vicente Traver.
 
Con Cruz Conde el Ayuntamiento perdió el control del certamen, a pesar de que era su responsable económico en un 75%, lo que motivó las protestas de Giménez Fernández y la dimisión de la corporación de mauristas y católicos y de su alcalde Agustín Vázquez Armero el 22 de marzo de 1927, el cual fue sustituido por el dócil Nicolás Díaz Molero y concejales de la Unión Patriótica, el partido creado por Primo de Rivera, en lo que se conoce como el "conflicto de las discrepancias". Halcón hará frente al déficit de 18 millones de pesetas con un préstamo del Banco de Crédito Industrial avalado por el Estado (septiembre del 27) para un Ayuntamiento que formaliza dos más en 1928: uno de 10 millones para obras de la exposición, y otro de 35 para el Plan de Obras Conexas. A esto hay que sumar los 35 millones de pesetas prestados en 1915 a cuenta de los ingresos que proporcionarían las leyes de 1914, el empréstito en 1920 de 20 millones para la reforma urbana, otros dos en 1925, uno de 10 millones para la exposición y otro de 35 para las obras conexas, y por fin otro de 20 millones el 28 de febrero de 1926, mediante obligaciones de 500 pts al 6 % de interés anual amortizable en 10 años.
 
                                                            
                                                                Plan de Ensanche de Juan Talavera.
 
Una aportación importante de la Exposición de 1929 a la estructura urbana de Sevilla fue la conformación de la Plaza de España como espacio orientado al río y de espaldas al Prado de San Sebastián. El proyecto final de la Exposición respetó la traza del Parque de María Luisa, si bien la monumentalidad de la Plaza de España los venía a convertir en sus jardines. Aunque la exposición tendrá un diseño francamente funcional, estructurado sobre las avenidas paralelas de la Raza y Reina Mercedes, lo más importante a nuestro juicio es la reinterpretación que la exposición hizo de la imagen legendaria de la ciudad, hecho que a su vez coadyuvó en gran medida a la formación de la imagen contemporánea de Sevilla. Se percibió la esencia de Sevilla como esa confluencia de lo occidental y lo musulmán, idea que plasman Forestier en el diseño del parque y Aníbal González en su personal historicismo. 
 
La década de los veinte del pasado siglo fue testigo de otras importantes obras, que conformaron la imagen y estructura de Sevilla. En 1923, año en que se acepta el Plan de Ensanche Urbano redactado por el arquitecto Juan Talavera, fue inaugurado el campo de deportes de Tablada, la toma de aguas de La Algaba, viviendas en el Cerro de Águila. De 1924-25 son las líneas de tranvía a Nervión, Eritaña, Guadaíra y San Juan de Aznalfarache. En 1924 fue inaugurado el monumento a San Fernando en la Plaza Nueva, tras décadas de indecisiones y retrasos. En 1927 Alfonso XIII inaugura la Corta de Tablada con el paso bajo el puente de hierro del crucero argentino Buenos Aires. En 1929, Sevilla verá aceras con losetas de cemento polícromas cuadriculadas o diagonales y el acabado a base de asfalto.    
 
Fueron también años de plantación de naranjos en la ciudad. Según informó el Alcalde en un Pleno de la época, en 1926 se llevaban plantados tres mil, muchos de ellos donados por Miguel Sánchez Dalp, el cual en el citado año de 1926 donó doscientos ejemplares más. Esta es, sin duda, una aportación importantísima a la conformación de la imagen de Sevilla, resultado de una reflexión por parte de nuestros regionalistas, de quienes se ha dicho que sacaron los árboles de los patios a la plazas.  
 
Cruz Conde obtuvo del Gobierno la aprobación del plan de "Reformas de Sevilla y de obras conexas al certamen" (17 de noviembre de 1927), redactado por el conde de Bustillo, que se realizaría con celeridad entre 1927 y 1928: el plan de ensanche, trazado por Juan Talavera y aprobado por el Ayuntamiento en 1923, comienza a ejecutarse cuando Primo efectúa la picotada simbólica del derribo de Santo Tomás, que permitiría la prolongación de la calle Gran Capitán hasta la Puerta Jerez en el eje norte-sur, y el ensanche del eje este -oeste, o sea, desde La Campana hasta Santa Catalina. Estas reformas incluyen la remodelación (que implicó importantes derribos) de las calles Fernández y González, Joaquín Guichot, Mateos Gago, San Jacinto y Santa Catalina.
 
                                                       
 
                                                            Derribos en la calle Mateos Gago.
 
Se inician las obras de los puentes para salvar las vías férreas en San Bernardo (1924), y el río en San Telmo (1927-1931). Se labran los monumentos a Colón (1921), Martínez Montañés (1923), San Fernando (1925), infanta María Luisa (1929) o la del Cid (1929). De 1928 son los edificios de la Compañía Telefónica de Juan Talavera, el Teatro Reina Mercedes o Coliseo España de José Aurelio Gómez Millán, y se proyecta el Teatro Álvarez Quintero, de Aníbal González. Algunas muestras de renovación arquitectónica se dan en el racionalismo de la casa Duclós, de J. L. Sert, en Nervión, y en el expresionismo de la casa Lastrucci de Juan Talavera o en el mercado de la Puerta de la Carne de Bonet.
 
                                           
 
                                                   Proyecto para los Remedios. 1927. Fernando García Mercadal.
 
En 1926 se hacen las primeras parcelaciones en Árbol Gordo en la carretera de Carmona y en 1929, terminada la barriada España, el gobierno propone la creación de tres nuevas: Amate, Villalatas y La Corza, cuyos primeros bloques se levantan en 1931 por el Patronato Municipal de Casas Baratas que a partir de 1929 cede terrenos suyos en el Tiro de Línea para que familias individuales construyesen viviendas por su cuenta como ocurrirá también en Amate; es la solución de urgencia que encuentra el Ayuntamiento para acoger la fuerte inmigración dando pie a un novedoso chabolismo que tardará en desaparecer; El Liberal estima unas 1.251 chozas con 5.707 personas. Las nuevas barriadas como El Fontanal o La María se quejan de la falta de agua. Habrá dos tendencias: la creación de ciudades-jardín con el chalet típico del Heliópolis o de la Ciudad-Jardín, y las barriadas obreras surgidas por iniciativa oficial (Retiro Obrero) o por la privada (Nervión, Cerro del Águila, La Voluntad, León, España). En total el 76,77 % de los 16.384 edificios de Sevilla estaban fuera del casco histórico: 7.213 eran de dos plantas, 4.850 de tres, 3.870 de una y sólo 29 edificios tenían más de seis plantas.
 
                            
 
                  Fábrica San Francisco de Paula. La Resolana. Obsérvese la Torre de los Perdigones
 
Los millones de visitantes previstos para la Exposición Iberoamericana no llegaron debido a las deficientes comunicaciones con América y al retraimiento de las clases altas ante el riguroso calor del verano, y de las modestas, que rechazan la idea de los "viajes económicos" patrocinados por la U.P.; ni siquiera hubo clientes para los hoteles del Guadalquivir o para el de Eritaña. El frenazo en seco de la oferta de empleo sumerge a la población en el paro. El balance de gastos fue de 100 millones de ptas. con una aportación del 38,3 % del estado y 36,1 % del ayuntamiento que soporta una deuda que si ya en 1923 era de 29,5 millones, ahora en 1929 ha subido a 76 millones. Al caer la dictadura, el alcalde Halcón nombra al destituido edil Giménez Fernández representante municipal en el Comité de la Exposición, donde aconseja depurar responsabilidades e iniciar un contencioso que palie los acuerdos lesivos para el municipio. El déficit municipal era el 24,24 % de los presupuestos ordinarios (inferior a Barcelona, Valencia, Málaga y Gijón) y la carga por habitante de 105,13 ptas./año (218,61 en Bilbao, 149,73 en Barcelona y 142 en Madrid).
 
El Comité será sustituido en mayo de 1930 por una Comisión Liquidadora, que procedió más a cubrir los pagos pendientes y en deshacerse de lo superfluo que en planificar con inteligencia el destino del patrimonio heredado a pesar del Plan de Aprovechamiento planteado por Pedro Caravaca para reutilizar las instalaciones de la exposición: se demuelen 44 de los 70 pabellones, mientras que los problemas del sevillano se acentúan con el chabolismo, el aumento del precio de los alquileres y el paro. Sevilla repetirá sesenta años más tarde el error al terminar la Expo 92. El problema no fue tanto la demolición de pabellones (tras la Exposición de Osaka de 1990 todos los pabellones fueron demolidos, si bien bajo un designio previamente planificado), como la falta de un planteamiento estratégico, debidamente meditado y consensuado, sobre la reutilización posterior del espacio por la ciudad. Ciertamente, la creación de Cartuja 93 trató de dar respuesta a la necesidad de reutilizar el recinto de la Isla de la Cartuja, pero los resultados obtenidos no fueron suficientes. En ello influyó la crisis de 1993 pero, sobre todo, la negligencia de la clase política. 
 
                               
 
                                                                              Plano de Sevilla en 1930
 
La reforma interior de los años 40 y 50
 
            La política urbanística municipal prolonga, entre 1940 y 1959, la tradición higienista decimonónica de abrir los espacios antiguos de la ciudad. Sevilla carece en 1940 de un plan que oriente el crecimiento de la ciudad, aunque, de forma no escrita, aún pervive una clara voluntad municipal de seccionarla mediante dos grandes ejes en dirección Norte-Sur y Este-Oeste, tal como se recogía, entre otros, en las propuestas de Gallego y Díaz de 1893 y, especialmente, en la de Sáez y López de 1895. De la misma forma, otra de las prácticas urbanísticas que se mantiene es la política de alineaciones oficiales de calles, vigente desde la segunda mitad del siglo XIX.
 
            El Plan General de 1946 abordaba con carácter general diversos problemas: crecimiento demográfico, ocupación anárquica y progresiva de los espacios urbanos, industrialización acelerada, deficiencias de higiene e infraestructuras que se arrastran del pasado, escasez de viviendas.
 
            La reforma interior entre los años cuarenta y cincuenta, se basará principalmente en una serie de documentos de amplio contenido: las Ordenanzas Municipales de 1920 y, sobre todo, el Plan General de Ordenación Urbana de 1946 –el primer Plan General de Ordenación- y la renovación de las Ordenanzas de 1950.
           
            En el Plan General de 1946 todavía está presente la reforma interior, estableciendo dos grandes vías que cruzan el casco de E. a 0., y de N. a S., las cuales estaban llamadas a destruir gran parte del tejido urbano. En lo tocante al conjunto histórico, el Plan estaba inspirado por dos viejas obsesiones de la ciudad, mal entendidas: facilitar el movimiento en el interior del casco y su comunicación con el resto de la ciudad, y mejorar su estado higiénico, aumentando los espacios libres y las zonas verdes. Afortunadamente, las previsiones del Plan General de 1946 no llegaron a ejecutarse, salvo en el tramo de la calle lmagen (1948). Por otro lado, el Plan clasificó el casco antiguo en categorías de protección, aunque desatendió la morfología y estructura urbanas, consolidando el incremento en altura de los edificios, iniciado con el Regionalismo.
 
                                                  
 
                                                                   Demoliciones en la calle Imagen.
 
Distintas a las que se aprobaron en 1919, las Ordenanzas de Policía de la Construcción de 1949 vienen a modernizar aquéllas y sirvieron de base para la estructuración de posteriores normativas. Dichas Ordenanzas pretendían proteger el carácter de la ciudad histórica, aunque a la postre carecieran de efectividad.
 
El Plan de 1946 abandona el criterio generalizado de los ensanches para el interior del casco histórico, y promueve las alineaciones sólo para evitar los retranqueos creados, pues no se confía en conseguir ensanches útiles y amplios. Sólo mantendrá los consabidos ensanches N. a S. y E. a O. Este criterio se mantendrá en el PGOU de 1963.
 
A estos habrá que añadir el denominado Plan de Reformas Viarias de 1957 (ampliado en 1958), encargado por el alcalde Marqués de Contadero para concretar el Plan General de 1946 en relación a las necesidades urbanas, con especial atención al tráfico, y en el que se verán contenidas la mayor parte de actuaciones de reforma interior de finales de los cincuenta y principio de los sesenta. Siguiendo a Víctor Fernández Salinas (La reforma interior de Sevilla entre 1940 y 1959), podríamos resumir las actuaciones que se concretaron en esta época de la siguiente manera:
 
A) Proyectos de reforma interior:
           
1. Urbanización parcial entre las calles Sierpes y Manuel Cortina.
            2. Ensanche de la c/ Laraña.
            3. Reforma interior de la c/ Imagen, urbanización de la parte meridional del mercado de la Encarnación y ensanche de la c/ Aranjuez.
            4. Apertura de c/ Fº Carrión Mejías y regularización de esquina entre c/ Santiago y plaza Ponce de León.
            5. Regularización entre c/ Jáuregui y Puerta Osario.
            6. Regularización de Puerta de Triana.
            7. Urbanización del solar del exconvento de San Pablo.
            8. Urbanización de los solares del cuartel de San Hermenegildo y del Picadero Militar: apertura de la plaza de la Concordia y c/ Virgen de los Buenos Libros.
            9. Apertura entre c/ Zaragoza y Santas Patronas.
            10. Regularización de esquina entre c/ Tarifa y Santa María de Gracia.
            11. Apertura de c/ Joaquín Romero Murube.
            12. Ensanche de c/ Luchana.
            13. Ensanche de c/ Cruces.
            14. Permuta de terrenos junto a la iglesia de San Gil.
            15. Reordenación del extremo norte de la plaza de Cuba.
            16 Regularización de c/ San Jacinto.
 
B) Remodelación de plazas y paseos.
           
1. Plaza Nueva.                                5. Alameda de Hércules.
            2. Plaza del Museo.                         6. Plaza de San Julián.
            3. Plaza del Triunfo.                         7. Plaza de San Lorenzo.
            4. Plaza de Pilatos.                         8. Plaza de la Gavidia.
 
C) Actuaciones en edificios relacionados con la reforma interior.
           
1. Rehabilitación de la iglesia de San Hermenegildo.
            2. Mercado de Entradores.
 
             Como se verá, no todas estas intervenciones tienen el mismo alcance en referencia al tema que estamos tratando, observándose, además, tras el abandono de la prolongación del eje Norte-Sur (del que ya estaba ejecutado el tramo de la actual Avda. de la Constitución, pretendiéndose continuar con el enlace de las plazas de San Francisco y la Encarnación) una concentración de esfuerzos en el eje Este-Oeste. En este sentido, destacaríamos actuaciones con un impacto sobre edificios singulares, como el traslado de la Delegación de Hacienda a su lugar actual mediante el derribo de la antigua Aduana y la consecuente urbanización de los terrenos del antiguo convento de San Pablo (donde se encontraba), la apertura de la actual pza. de la Concordia sobre el antiguo Cuartel de San Hermenegildo, y, desde el punto de vista del caserío tradicional, las intervenciones en la calle Imagen y la reordenación del sur de Triana en contacto con el ensanche de los Remedios.
 
            En cuanto al primer caso, la incorporación a la ciudad del antiguo solar del convento de San Pablo se inicia ya en la primera década del siglo XX con la apertura de la calle Canalejas y otras aledañas sobre parte de las antiguas huertas, mientras que el segundo se dará en estos momentos, teniendo en su origen la cuestión del traslado de la Delegación de Hacienda. Ésta, desde 1942 contaba con proyecto aprobado por el Consejo de Ministros, pero aún se desconocía en las oficinas técnicas municipales. Para la edificación del nuevo edificio había de derribarse la Aduana, edificio del siglo XVI emplazado en parte de las antiguas Atarazanas y que contaba con dos portadas del arquitecto Ventura Rodríguez. En agosto del mismo año, la Comisión Permanente manifiesta su preocupación sobre el futuro del edificio, pero el hecho de que, en última instancia, sea el Ayuntamiento el encargado de otorgar la licencia de derribo, tranquiliza al Consistorio. Con todo, y pese a la denuncia formal del Ayuntamiento ante la Dirección General de Arquitectura, pocos días más tarde se está procediendo al derribo sin ningún tipo de licencia. Esto mismo será lo que ocurra con el proyecto de nueva planta, ya que, aunque en 1942 se había dado entrada al mismo en el Ayuntamiento, un año después el edificio se está levantando sin que los responsables técnicos municipales hayan podido pronunciarse sobre el mismo.
           
Terminado el nuevo edificio, el antiguo convento desamortizado se convertirá en objeto de distintas aspiraciones ciudadanas, como la del Ministerio de Hacienda para construir viviendas para funcionarios o la de la Hermandad de la Quinta Angustia que reclama más espacio para sus actividades, y como no, la iniciativa municipal, que considerando poco adecuada la conexión entre las calles San Pablo y Canalejas, pretende abrir enlaces en estos terrenos mediante la prolongación de las calles Cristo del Calvario y Rafael González Abreu. En 1952, la Comisión de Monumentos Históricos y Artísticos Provincial muestra su preocupación por esta operación, pues, si bien el edificio de la antigua Delegación de Hacienda, compuesto por un "caserón y solares sin interés", embutido entre la Magdalena y Montserrat, puede ser demolido, no así, cierta crujía del antiguo claustro del convento, de gran interés arquitectónico. Estos restos se encontraban en lo que hoy ocupa la esquina ampliada del hotel Colón entre las calles Canalejas y Cristo del Calvario, y constituía uno de los tres predios producto de la parcelación del solar del ex-convento. Sin embargo, en 1954 se publica la convocatoria de subasta para las obras de derribo por parte del Ministerio Hacienda, y a pesar de la mediación del Ayuntamiento mediante la creación de un documento de reforma interior de consenso entre la Comisión y Hacienda, en 1956 ya están próximas a finalizar las obras de derribo, y en 1957 el citado documento es aprobado definitivamente sin que se haya producido ninguna alegación, ni aparezca más citado en ningún documento municipal o de la Comisión Provincial de Monumentos los restos del claustro, con toda probabilidad derribado en esos momentos.
 
            El antiguo Cuartel de San Hermenegildo fue levantado en el siglo XVI para colegio de la orden religiosa del mismo nombre. Posteriormente el edificio pasaría a propiedad municipal y a principios del siglo XIX, en 1802, se destina por Real Orden a cuartel del Regimiento y Escuadrón de Artillería del Tercer Departamento, gestionándose, desde entonces en múltiples ocasiones sin éxito, su devolución a la ciudad por prescripción de los derechos del Ejército. Es entonces cuando tras el último intento frustrado en 1954, se faculta al alcalde Marqués del Contadero, para gestionar la compra del inmueble y del Picadero Militar, escindido del anterior al abrirse la calle San Juan de Ávila. El acuerdo de adquisición se concretará en 1956 y entre las estipulaciones se encuentra el mantenimiento de la capilla, edificio barroco de mediados del siglo XVII de gran interés. En este sentido, la Real Academia de Bellas Artes de Santa Isabel de Hungría abunda en la misma cuestión, a pesar de que como se ha visto, el Consistorio no sólo no tiene intención de derribar la capilla, sino de cederla a la Hermandad de Jesús del Gran Poder. Una vez derribado el cuartel, dicha Hermandad perderá interés en al capilla, de tal forma que el Ayuntamiento ve la posibilidad del derribo completo para dedicarse todo el espacio a jardines, incluido el templo. Ante esta eventualidad, La Comisión de Monumentos Históricos y Artísticos solicita la declaración de Monumento Histórico-Artístico para la capilla para evitar su derribo. Será entonces cuando la polémica salte a la prensa y, por tanto, a la opinión pública, surgiendo un agrio debate, durante el que el alcalde llegará, incluso, a criticar públicamente a la Comisión y a la Academia de Bellas Artes por no haber manifestado protesta alguna cuando se procedió al derribo del cuartel, cuando era precisamente todo el conjunto el que se incluía en el Catálogo de Edificios y Lugares Artísticos de Sevilla y no sólo la capilla. A pesar de la virulenta oposición municipal, el edificio se declara monumento en 1959 y, finalmente, será precisamente la misma Oficina Técnica Municipal de Ordenación Urbana, la misma que había desarrollado los sucesivos proyectos de reforma interior para este lugar, la que, tres meses más tarde, ante el claro deterioro del edificio elabore el presupuesto de restauración del mismo. Realmente, la Capilla de San Hermenegildo, correrá mejor suerte que otros edificios que caerán a partir de esta época, ya que pertenecer a instituciones públicas, en algunos casos, fue una salvaguarda, pero al contrario de lo que pudiera parecer, no por el propio interés público, sino, más bien, en virtud de la lentitud con que éste opera.
           
            Otros legados del Plan de Ordenación Urbana de 1946 serán el derribo masivo en el barrio de San Julián, la construcción de Los Remedios, El Plantinar, Los Pajaritos y Torreblanca.
 
Podemos concluir, a pesar de los ejemplos más significativos señalados, que las transformación de la ciudad histórica en este período no es muy acusada y prácticamente siempre ha sido motivada por la iniciativa municipal, en su empeño por la apertura del eje Este-Oeste.
 
En cambio, el acusado deterioro del caserío y el principio de su abandono residencial en la etapa siguiente, los años sesenta y setenta, será de carácter mucho más destructor para el patrimonio arquitectónico, aunque en esta ocasión vinculado a la actividad especulativa de la iniciativa privada y no en relación a la reforma interior. Hasta 1947 se habían perdido numerosas grandes casas sevillanas, pero desde este año la situación empeora cuando la burguesía asume la vivienda colectiva como forma de hábitat e inversión. Esta tendencia, que supone el abandono y posterior ruina de numerosas casas del casco antiguo, no tardará en extenderse a los restantes niveles de la clase media, que opta por trasladarse a los nuevos barrios residenciales, acentuándose la decadencia de las zonas históricas que ininterrumpidamente llega hasta nuestros días. Otro factor importante de degradación es la congelación de rentas, que tiene como consecuencia el desalojo de la población proletaria por la ruina creciente de sus viviendas, factor que a partir de 1950 será decisivo especialmente en una zona, Triana, y sobre un tipo definido de vivienda, los corrales de vecinos.
 
Desde 1960 el casco antiguo y los arrabales históricos se despueblan aceleradamente, de manera que en 1970 la población es un 33% menor, y en 1975 un 49% inferior. El sector sur, en el que se concentra la mayoría de los servicios comerciales y administrativos, se va quedando sin otros equipamientos, que emigran por falta de una política que proteja el suelo que ocupan del alza de precios por su posición central en la ciudad. Así, emigran las órdenes religiosas y decae el pequeño comercio, desaparecen palacios y edificios singulares para dar paso a los grandes almacenes, la renovación inmobiliaria, las rupturas morfológicas. Por su parte, el sector norte del conjunto histórico, compuesto por los sectores Alameda-San Luis-San Julián, llegarán a convertirse en una zona degradada ante la incompetencia de sucesivos gobiernos municipales incapaces de acometer una actuación integral realmente eficaz. Sólo con el Plan Urban, a partir de la segunda mitad de los años noventa, comenzará a revitalizarse la zona si bien mediante intervenciones puntuales y en cierto modo deslavazadas. 
 
A partir de los años sesenta, las actuaciones inmobiliarias deben rentabilizar el alto coste del suelo; así es como desparece un parcelario de alto valor histórico. Estas operaciones producen la permanencia, durante tiempo prolongado, de solares sin edificar y el aumento de la capacidad residencial del centro, sobrepasando la capacidad de los centros de equipamiento y de la infraestructura. De este modo, gran parte del viejo barrio de San Julián desaparece por expropiación urgente, aunque pasaría más de una década antes de que se iniciara la masiva edificación en altura del solar.
 
 
 
El Plan General de Ordenación de 1963.
 
El P.G.O.U. de 1963 afrontaba como principales retos la expansión de Sevilla a una ciudad que no superase el millón de habitantes, afrontar el problema del trazado interior del ferrocarril, posibilitando el centro urbano en San Bernardo, y mejorar los accesos a la ciudad y su viario interior.
 
 Favorece la actuación de las promociones privadas sin considerar el volumen y aspectos formales de la operación ni la necesidad de dotaciones adecuadas. El Plan sustituye la política de alineaciones por un conjunto limitado y selectivo de ellas, por haberse constatado su inutilidad para descongestionar el tráfico. Se permite la construcción indiscriminada de 4 y 6 plantas de altura en todo el casco.
 
En 1964 se declaran varias zonas del casco antiguo con la calificación de Conjunto Histórico-Artístico. El Estado asume así la monumentalidad de Sevilla y la perentoria necesidad de protegerla, y a partir de esta fecha menudean las declaraciones de elementos monumentales, si bien en la práctica no tendrán el efecto deseado.
 
Ello no impedirá que se consientan auténticos atentados al patrimonio, crímenes sociales como el derribo del palacio de los Sánchez Dalp y otras dos casas-palacio para construir El Corte Inglés (1968) en la plaza del Duque. Este hecho inconcebible para las generaciones posteriores de sevillanos, es todavía más inexplicable si se considera que al iniciarse los trámites se encontraba al frente del consistorio un catedrático de Historia del Arte, el trianero José Hernández Díaz. Las casas desparecidas fueron la que albergaba el Colegio “Alfonso X el Sabio” y los palacios de Miguel Sánchez-Dalp y del Marqués de Palomares, sede este último durante muchos años de los “Almacenes del Duque”. Previamente habían caído por la piqueta el teatro del Duque (1950), que se alzaba donde hoy se encuentra el edificio de sindicatos (hoy de CCOO),  y el palacio de los Cavaleri (1963), del que sólo persiste la portada integrada en el edificio del anexo de “El Corte Inglés”.
 
                                              
                                                                     Águilas, nº 31. Derribada.
 
La casa Sánchez-Dalp pertenecía al primer período del regionalismo, entre 1900-1916, cuando en nuestra ciudad surgen dos movimientos vinculados: el primero, aceptar el vanguardismo europeo, ponerse al día después de la crisis del noventa y ocho; y el segundo, recuperar los valores ancestrales de la arquitectura nacional. La síntesis hizo posible los movimientos modernista y regionalista sevillanos, en los que participó una pléyade de arquitectos excepcionales.
 
                       
                                                                                       Casa Sánchez Dalp.
 
Para comprender la agresión que sufrió el paisaje urbano de la plaza del Duque se ha de tener en cuenta que en esa época no existían todavía otros edificios de parecidas características como el que albergaría  a diversos grandes almacenes en la cabecera de la plaza (Simago, Mark&Spencer, etc) o el de Seguros Ocaso en la esquina con Campana y San Eloy.   
 
Los edificios emblemáticos derribados en las plazas del Duque y de la Magdalena, simbolizan el culmen de la "edad de oro de la piqueta", la época de la especulación destructiva. Entre 1955 y 1970 fueron destruidos más de quinientos edificios catalogados como modernistas, regionalistas y racionalistas.
 
                                                    
                                                                     Interior del edificio del Hotel Madrid.
 
Otro caso significativo de especulación, eclipsado por el atentado del Duque, fue el derribo en la plaza de la Magdalena del edificio del Hotel Madrid en 1967, otra muestra valiosa de nuestra arquitectura, para construir pisos de lujo y la sede de Galerías Preciados.
 
En 1968 se aprueba, enmarcado en el Plan General de Ordenación Urbana (P.G.O.U.), el Plan de Reforma Interior del Casco Antigua (P.R.I.C.A), con determinadas condiciones que el Ayuntamiento nunca cumplió. Su objeto era favorecer las operaciones inmobiliarias en el centro y detener su degradación. Sus consecuencias fueron catastróficas, ya que incrementaba en una a dos plantas la edificación del 75% de las calles y en el 70% de los casos se modificaba total o parcialmente el trazado de las calles. Permitía la construcción de viviendas sobre cuarteles, conventos, escuelas y jardines. Sus normas urbanísticas facilitaron aun más la terciarización del casco antiguo y el masivo abandono y destrucción del caserío. Estas factores han contribuido a producir la actual crisis aún no resuelta.
 
La dudosa legalidad del P.R.I.C.A  -y del P.R.I. de Triana, de características similares-, lo nocivo de sus resultados y las reiteradas denuncias por parte de la prensa, entidades profesionales y sectores ciudadanos, obligaron a la redacción del Modificado del PRICA en 1981, junto con el Plan Piloto Alameda-Feria, que nunca se llevaría a la práctica. El Modificado inicia un tímido proceso de recuperación del casco, considerando un Plan de Reequipamiento, señalando algunos conjuntos urbanos de estudio especial, iniciando una catalogación de edificios y otras medidas. Este plan protegió las alineaciones históricas, pero dejó indefenso el parcelario e incluso señaló intervenciones en el viario dentro de sus planes especiales, que no eran tan conservadores como se ha creído. Además, la catalogación de edificios que propuso fue demasiado restrictiva, por un lado, al impedir la rehabilitación de un número de elementos, y por otro lado desproteger la mayoría del caserío tradicional. 
 
El conjunto histórico ha seguido y sigue sufriendo agresiones. Tal vez en los últimos lustros las mayores agresiones hayan sido perpetradas por proyectos estrella promovidos por la propia Administración, realizados conforme a la moda de la arquitectura-espectáculo,  más pensando en el lucimiento de la actuación que en su armonización con el entorno:
 
-Utilización de materiales para la reurbanización y mobiliario urbano que nada tienen que ver con los tradicionales en nuestro conjunto histórico (proyectos de la Piel Sensible o Metropol Parasol), con una voluntad deliberada de “modernidad” que atenta contra la “imagen” histórica de la ciudad.
-Operaciones manifiestamente fallidas, como la recientemente acometida por el Ayuntamiento de Sevilla en la Alameda de Hércules.
-Proyectos que priman el diseño sobre el respeto ambiental y paisajístico, como el Metropol Parasol. Deliberada intención de impactar con los proyectos en el entorno, sin adaptarse al mismo, sin que esa voluntad de no adaptación encuentre fundamento alguno, más allá del capricho del diseñador.
 -Apertura de viales que destruyen la trama tradicional, como diversas operaciones de apertura o ensanche de viario en el norte del conjunto histórico.
 
En la parte positiva del balance, debe destacarse el esfuerzo de los últimos años en la elaboración y aprobación de Planes Especiales de Protección y Catálogos, que al día de hoy abarcan ya la mayor parte del conjunto histórico.
 
No obstante, debemos destacar un hecho cuando menos preocupante, cual es la escasa o nula representación social independiente en la Comisión Municipal del Patrimonio, órgano consultivo de reciente creación cuyo papel teórico debería ser la participación de los diversos sectores sociales en una tarea sensible, cual es el otorgamiento de licencias urbanísticas en el casco antiguo de Sevilla.
 
 
 
 
 

 

 
            Sevilla asistirá, en el siglo XIX, al paso de una ciudad que todavía conservaba trazas bajomedievales, fuertemente alteradas por la ciudad renacentista y el barroco, a una ciudad que se abre al exterior, tras la supresión de la barrera defensiva que era la muralla.           
 
            La política urbanística de José I, influenciada por el Plan de Reformas de París del Conde de Waylly, pretendía, como ya quedó reflejado en Madrid, la creación de espaciosas avenidas enlazadas por plazas monumentales donde las grandes perspectivas asumían el protagonismo. En Sevilla no sabemos cual hubiera sido el alcance de tal política, pero los derribos de los conventos de la Encarnación (y de dos grandes casas-palacio como han demostrado las recientes excavaciones) y de San Francisco, y de las iglesias de la Magdalena y de Santa Cruz, obedecían a esa idea. A todo ello habría que añadir el grave deterioro de los numerosos conventos que sufrieron el acuartelamiento de las tropas francesas.
 
            La idea de la apertura de plazas continuará durante la primera mitad del siglo XIX, unas veces mediante el ensanche de la confluencia de varias calles, pero otras mediante el derribo de una manzana de casas o de un edificio afectado por la desamortización de 1835. En este último grupo encontraríamos la plaza del Museo, tras el derribo parcial del convento de la Merced, la plaza de Cristo de Burgos, tras el derribo de la antigua fábrica de tabacos, la plaza Virgen de los Reyes tras el derribo de los últimos restos del Corral de los Olmos, la plaza de la Alfalfa tras el derribo de la Carnicería Mayor, a las que habría que añadir la terminación de la Plaza Nueva con el derribo del convento de San Buenaventura.
 
            Como veremos a continuación, comenzarán a derribarse las puertas y murallas, obstáculo para el crecimiento de la ciudad según la idea que se iba imponiendo. El derribo comenzó por las puertas de la Barqueta, San Juan, Real y la mayor parte de los lienzos que las unían, debido a la implantación del ferrocarril, y siguió por las de la Carne, Arenal, Jerez, más el postigo del Carbón y algunos lienzos significativos como el de la calle San Fernando.
 
            De 1862 es el Plan de ensanche parcial que afecta a la Huerta del Retiro (arquitectos García Pérez y Marrón Barrera).
 

 


PATROCINAN